EL SIGLO XXI, EL SIGLO DEL HOMBRE

 

■ Antes, era incapaz de reconocer lo mucho que le “gustaba gustar”; ahora, no sólo lo reconoce sino que, además, lo interpreta como algo básico para triunfar en todas las facetas de la vida

 

 

 

E

l hombre, por fin, empieza a conquistar el cuidado de su propio look. Hasta hace no muchos años era la mujer –ya fuese esposa, madre, amiga o novia- la que se ocupaba – y lo hacia con agrado – de la imagen masculina en todos los sentidos: vestido, tipo de corte de cabello, colonia o perfume ... Sin embargo, desde hace una década y, sobre todo, desde que comenzara este nuevo siglo, ya prefiere ser cada vez más dueño de su propia circunstancia estética y psicoestética. Es cierto que todavía son muchos los que no le dan demasiada importancia a esta cuestión, pero todo indica que, a tenor de la evolución de los tiempos, la práctica totalidad acabará preocupándose de su propio cuidado físico.

Ramiro Fernández Alonso

Los jóvenes son los que, sin ninguna duda, han sabido empezar a romper esta lanza, personas en principio triunfadoras que se han convertido en los nuevos héroes del modernismo, en iconos de una masculinidad sensible, diferente y metrosexual, que disfrutan provocando pasiones psicoésteticas en cuerpos ajenos. Saben valorar las cosas adecuadamente y disfrutar con las buenas. Y han demostrado hacerlo bien, porque ahora ya son muchas las personas que, siendo más o menos jóvenes, pretenden los mismos objetivos en la medida de sus posibilidades.

 

Las pautas que marcaba los mitos del cine y de la música, con sus imponentes y hermosos looks, están dejando el paso a otros de protagonistas de otras disciplinas, entre las que sobresale de una manera especial el mundo del deporte. Sí, los deportistas son los que mejor han sabido transmitir que el hombre del siglo XXI es un buen navegante. Y creo que sabe elegir un buen rumbo teniendo siempre muy claro que nunca hay buen viento para quien no sabe a dónde va.

 

 

 

Eso ha gustado tanto entre la masculinidad, que empieza a ser compartido de forma masiva. Cada vez existe una mayor conciencia de que el estilo natural, la elegancia innata, son un pellizco de una actitud bohemia y romántica. Muchos, ya se esfuerzan por elegir las metas adecuadas; saben distinguir lo importante de lo trivial, lo esencial de lo accesorio, lo efímero de lo permanente, y eso es una excelente y buena aptitud sentimental.

 

El hombre del siglo XXI, por lo general, es templado, sereno, perspicaz, entusiasta y tiene presente, como dice el catedrático José Antonio Marinas, “que unas veces hay que ser flexible y otras rígido; unas tolerante y otras intolerante; unas rápido y otras lento. Sabe que hay un tiempo para sembrar y otro para recoger; disfruta con la música de Bethoveen y con los Beatles”. En definitiva, quiere buscar antes el logro que el premio.

 

Antes, el hombre era incapaz de reconocer que le gustaba gustar; ahora, no sólo lo reconoce sino que , además, lo interpreta como algo básico para triunfar en todas las facetas de la vida. Quien no se quiere ni se aprecia a sí mismo, difícilmente es querido y apreciado por los demás. Y sabe mejor que nunca –sobre todo los más jóvenes- que el romanticismo también está en los detalles, en las cosas simples y pequeñas que llenan una vida, al igual que tiene muy claro que no dispone de tiempo para parar, porque intuye que en la vida, hasta que no se consigue algo, no se conoce la naturaleza de lo que se tiene o de lo que se ha perdido.

 

No me cabe la menor duda: el siglo XXI es el siglo del hombre, de ese hombre que necesita más que nunca seguridad en sí mismo. Y gustar. Gustar y gustar.

 

 

 

 







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